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jueves, 16 de abril de 2009

Mujer

Sumario: Vivir junto a ella era algo más que una nueva aventura. Kate era la mejor causa por la que había luchado, a pesar de tener una mente retorcida y una sonrisa sarcástica siempre en los labios -sólo para él, claro- 

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Su sed no quedaba saciada del todo. Había necesitado mucha disciplina y muchos errores (sus “pequeños deslices”) para lograr el autocontrol que tenía en esos momentos. Los animales solían tener un sabor espantoso, pero había aprendido a alimentarse de ciervos y osos como antes lo había hecho con indefensos humanos. Nunca sería lo mismo y lo sabía, pero en su nueva vida (era curioso utilizar ese término por segunda vez) había muchas cosas más importantes que la sangre humana llenándolo por dentro.

Familia.

Ahora tenía una familia. En su vida humana había defendido el concepto de nación, de colectivo, de unión. Sólo ahora era capaz de sentirlo verdaderamente, comprender el valor de tener una auténtica familia a su lado. Siempre a su lado. Pero aunque Carmen, Eleazar y Tanya eran importantes para Garrett, nada podía compararse con ella.

Kate. Su Kate. La que tenía una mente retorcida y era capaz de usar su poder contra él si le tomaba demasiado el pelo. La que le decía “Tanya y yo nos vamos unos días, no quemes la casa” con una sonrisa sarcástica y que cuando él preguntaba por qué no podía ir le contestaba que eso eran “cosas de hermanas” mientras se encogía de hombros. La que se reía con carcajadas sonoras y sin complejos y no se avergonzaba ni siquiera un poco de hablar de los muchos amantes humanos que había tenido.

También era su Kate la que lo miraba a los ojos con entendimiento y comprensión cuando volvía a casa con la mirada teñida de rojo. Y por supuesto era Kate la que le hizo sentir por primera vez la importancia del contacto físico. Y emocional. Por eso cuando ella se abalanza sobre su hombro y le muerde de forma juguetona la oreja (y el cuello y el hombro...) Garrett sonríe mientras se las apaña para quedar el uno frente al otro y dejar que todo su cuerpo se deje guiar por el magnetismo que Kate ejerce sobre él. Se besan y se tocan, se sonríen cómplices, jadean sonoramente (y no precisamente porque estén cansados) y destrozan una inocente mesilla que ha tenido la mala suerte de estar demasiado cerca.

Entonces, estirados sobre el suelo y con Garrett recorriendo la espalda de Kate suavemente con una mano, ella le dice que te quiero, te quiero mucho. Y mientras Garrett le contesta con una enorme sonrisa de suficiencia en los labios que eso ya lo sabía yo y la besa antes de que puede replicarle, se da cuenta una vez más que no importa si su sed nunca vuelve a quedar completamente satisfecha.

Sabe que puede embeberse de Kate hasta la saciedad.

(Y aunque ella tenga aún peores pulgas, sabe mejor que cualquier oso)

jueves, 26 de marzo de 2009

Fuego y sangre

Sumario: Fueron salvados de la hoguera, y ahora tienen toda la eternidad por delante. Jane y Alec no son sólo hermanos. Incesto.

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Alec observa con poco interés la masacre que se extiende a sus pies. Ya ha saciado su sed esa noche, y no queda ningún humano que lo atraiga especialmente.

Esa vez Heidi los había sorprendido con una copiosa caza, por lo que después de que todos saciaran su sed aún quedaban unos pocos humanos vivos. Podía oír su respiración irregular, y oler su miedo.

En el suelo, decenas de cadáveres se repartían por la gran sala.

Las puertas dobles se abren a su espalda, y Alec se vuelve automáticamente hacia ellas. Lleva tiempo esperando la llegada de Jane. Su hermana.

Esa palabra maldita que les impedía estar juntos como querían cuando eran humanos.

Tantas reglas, costumbres, supersticiones que respetar.

Pero ahora no.

Eternos, libres, podían ser lo que quisieran.

Jane aparece tras las puertas, encabezando a un grupo de la guardia que regresa de una misión.

Lo mira y sonríe, provocativa. Sus ojos escarlata relucen.

Alec no hace ningún movimiento hacia ella ni Jane se acerca a él, sino que se aleja, caminando lentamente hacia uno de los laterales de la sala.

Allí, acurrucado sollozando silenciosamente, está uno de los pocos humanos que quedan vivos.

Es un chico, de unos quince años, con el cabello castaño claro y un olor mediocremente apetecible.

Jane se inclina hacia él graciosamente, y toma su barbilla con una mano, casi con dulzura, mientras le susurra:

-Bonito, bonito, ¿por qué lloras?

Alec se tensa al otro lado de la sala, aún sabiendo que Jane lo hace para ponerle celoso. A veces va demasiado lejos, como ahora, repitiéndole a ese humano lo que le decía e él cuando era pequeño.

Los recuerdos humanos que Alec conserva son pocos y muy borrosos. Pero si hay una imagen clara en medio de todos ellos es el rostro de Jane, iluminado por el fuego de una hoguera, la hoguera en la que iban a ser quemados vivos.

Y su voz.

-Bonito, bonito, ¿por qué lloras?

Alec alza el rostro hacia su hermana, avergonzado por las lágrimas que corren por sus mejillas. El joven semblante de Jane brilla con los reflejos del fuego, y sus ojos azules relucen misteriosamente.

-Jane…-susurra roncamente intentado alzar una mano hacia su mejilla, sin recordar que está maniatado.

-Alec, no podrán, somos especiales.

Él no dice nada, sólo la mira intensamente.

Su intento de huir la noche anterior había fracasado por muy poco. Los guardias no habían sido un problema con su poder. Y Jane se deshizo del único que se interponían entre ellos y la libertad.

Pero entonces apareció ese destacamento, esos soldados con el Padre Mario al frente. Alec supo que no podían con tantos, y que el Padre no los dejaría ir ni aunque le abrieran la puerta del cielo.

Hacía mucho tiempo que quería verlos quemarse en la hoguera.

-Alec, ¿por qué no me crees? Yo jamás dejaría que te hicieran daño, y tú no permitirías que me lo hicieran a mí. El fuego no p…

Jane calló y abrió mucho los ojos. Alec la miró confuso, sin comprender, intentó girarse un poco para observar eso que tanto había asombrado a su hermana.

Y los vio.

En medio de su sorpresa no se giró de nuevo, por lo que se perdió la sonrisa confiada de Jane.

El muchacho la mira aterrado, conteniendo la respiración y con una mueca de horror en sus labios, al contemplar los bellos ojos carmesí de Jane, y sus colmillos.

Ella lo mira un momento antes de volver la vista hacia Alec. Se inclina hacia el humano mirándolo. No le hace falta ver para saber dónde tiene el cuello, dónde tiene que morder.

El chico está paralizado de terror, por lo que ni siquiera se mueve cuando los dientes de Jane perforan su piel y la sangre comienza a fluir.

Ella está colocada de tal manera que mira a Alec en todo momento, y él tampoco aparta sus ojos. Ni siquiera cuando la joven víctima cae al suelo, sin sangre en sus venas, y Jane se relame los labios manchados de sangre, aparta la vista.

Los graciosos pasos de Jane no hacen ruido cuando avanza por la sala hasta Alec.

Sus manos se unen, sus labios también.

Piel fría, labios rojos, sabor a sangre.

martes, 24 de marzo de 2009

El ángel de la guarda

Sumario: Su relación no necesita ningún nombre ni definición, ninguna etiqueta o categoría. Claire y Quil Ateara.

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Es demasiado chica para entenderlo, pero adondequiera que vayan los siguen las miradas curiosas, los codazos mal disimulados, murmuraciones maliciosas a media voz que a veces llegan hasta sus oídos, aunque ella no comprenda su significado.

¿No es el hermano, acaso? En el parque, mientras él la hamaca y ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas. No, no, ni siquiera son primos ni nada. A la salida de la escuela, cuando él lleva su mochila y ella le cuenta atropelladamente sobre su día. ¿Es que no tiene nada mejor que hacer? Ni aunque le pagaran. En la entrada del cine, donde ella lo ha arrastrado una vez más para ver una película de Disney que él soportará estoicamente. ¿No será... uno de esos, verdad? De los que les gustan las niñas pequeñas... Jugando una carrera en la playa que ella ya sabe que él le dejará ganar. Yo no entiendo cómo sus padres no se preocupan. Es todo tan raro...

Para Claire, ninguna de estas palabras huecas tiene importancia alguna. Su relación no necesita ningún nombre ni definición, ninguna etiqueta o categoría. Es una tarde de verano construyendo un volcán en la playa, manos fuertes que la ayudan a levantarse cuando cae, una voz grave leyéndole un cuento antes de ir a dormir. Quil no es su hermano, ni su primo, ni su niñero. Es quien la escucha cuando ha tenido una pelea con su hermana, quien intercede cuando sus padres la retan, quien soporta con valor que ella intente trenzarle el cabello y luce con orgullo las pulseras que ella hace con sus propias manos, tan pequeñas cuando se pierden en las suyas. Él es calor que la envuelve cuando el frío la cala desde adentro, un abrazo fuerte en las noches de tormenta, una sonrisa cuando todo parece oscuro. Es su ángel de la guarda y su mejor amigo, el eterno compañero de juegos y aventuras que nunca se cansará de ella.

Adondequiera que vayan, ceños fruncidos y susurros escandalizados parecen seguirlos. Claire es demasiado chica para entenderlos, pero lo suficientemente mayor para saber una cosa: Quil es la persona más importante en su vida y nada ni nadie podrá cambiar eso nunca.

Callarla

Sumario: Jacob sabía que Leah siempre tenía algo que decir; sin embargo, la prefería callada.

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—¿Puedes dejar de dar vueltas?, me estás mareando —pidió Leah, hastiada.

El pequeño acantilado donde se encontraban parecía dar vueltas junto con su acompañante, que no dejaba de caminar a una velocidad considerable, murmurado cosas entre dientes. El día nublado y las pequeñas gotas de lluvia no ayudaban a mejorar su humor.

—¿Puedes cerrar la boca?, me estás volviendo loco —replicó Jacob, en un descuidado gruñido.

Leah bufó.

—Vamos, la imbécil eligió al vampiro, no hay nada que hacer —comentó desdeñosamente. Cuando Jake la fulminó con la mirada, su rostro se iluminó momentáneamente, haciendo que sus cejas se alzaran—. ¡Oh, o puedo pintarte un par de adorables colmillos!

Jake gruñó en su dirección.

—¡Oh, y yo podría arrancarte la cabeza con ellos! —atacó él, imitando su tono de voz, sin detener su marcha.

Leah lo observó, con una de sus finas cejas en alto.

—No creí estar entre tus prioridades —comentó, con ácida ironía.

—Dejar de escuchar tu irritante voz en mi cabeza es una de las cosas que más deseo en este mundo —respondió Jake, dirigiéndole una sonrisa completamente fingida—. El día que encuentre la forma de callarte, el planeta será un lugar más feliz.

Leah se puso de pie, luciendo completamente indignada. Sin embargo, no estaba molesta; de hecho, aquel tipo de peleas siempre la entretenían bastante. Después de todo, ¿qué mejor que descargarse con Jacob, cuando él lo necesitaba tanto como ella?

—Te recuerdo que fui yo la que tuvo que sentir que estaba enamorada de Bella —gruñó la muchacha en respuesta, acercándose a él. Afortunadamente, ya había dejado de caminar—. ¡No sabes que bien me sentí cuando creí que era lesbiana!

Jacob rió entre dientes.

—Quizás con las mujeres tengas más suerte —respondió, con una sonrisa ladeada—. La vampira rubia parece casi tan idiota como tú.

—Si vamos a buscar idiotas, ¿por qué no buscarlos más cerca? —comentó, mirándolo directamente—. ¡Tengo al rey de los idiotas aquí! —exclamó, abriendo las manos en su dirección.

—Eres tan ingeniosa —murmuró Jake, con tono aburrido y una sonrisa sarcástica adornando sus labios.

—Y tú tan sabio —respondió ella, con la misma voz monocorde e irónica.

En algún momento de la conversación, ambos habían acabado peligrosamente cerca. La tibieza que desprendían sus cuerpos se los había advertido, pero no parecían muy preocupados por ello. De hecho, se seguían acercando de forma inconciente, como si un imán inexistente tirara de ellos.

—¿Hay alguna forma de que cierres esa horrible boca tuya? —preguntó Jake—. ¿No puedes, simplemente, morderte la lengua y ya?

—¿Nunca has pensado en cerrar la tuya?

—No, ¿quién remataría tus ironías, sino?

—Idiota.

Se miraron a los ojos, ambos con una ceja en alto, sin abandonar la mueca sarcástica que les generaba pensar en toda aquella situación. Jacob vio que ella quería volver a hablar, lo notó, pero ya estaba demasiado cansado como para seguir oyéndola; ella no era Bella, lo tenía en claro, pero sus labios lucían tentadores. El calor de su cuerpo lo llamaba y su propia boca le pedía a gritos que la callara de una buena vez.

Y así lo hizo.

Chocó sus labios contra los de ella, mientras la tomaba por la cintura. Leah pareció considerablemente sorprendida en un principio, ya que no reaccionó; pero, cuando logró hacerlo, sus manos volaron al cabello de Jacob, tirando de él. Lejos de molestarlo, el muchacho lo tomó como un incentivo, obligándose a profundizar el beso. Leah, que no lo esperaba, sólo fue capaz de corresponder con la misma intensidad, con la misma fiereza. Cuando necesitaron aire, sus bocas dejaron de reclamarse mutuamente, separándose sólo unos escasos centímetros.

—Eres un asco, lo sabías, ¿no? —gruño Leah, pero su tono no destilaba veneno. Sonaba más bien pícaro.

—Y tú sabes que luces mucho mejor cuando no hablas, ¿no?

—No tengo por qué…

Jacob volvió a besarla.

Después de todo, parecía haber encontrado una forma de cerrar esa enorme boca suya; y era mejor que todas las que se le habían ocurrido en sus momentos de furia.

Estaba seguro: si había algo mejor que el sarcasmo de Leah, esos eran sus besos.

Sin dudas, lucía mejor cuando no hablaba tanto.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Difícil

Fandom: Crepúsculo

Sumario: Todos saben que es dificil para Edward, lo que nadie sabe es lo dificil que es para él.

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-Haces que suene demasiado fácil

La voz de Bella resuena en su cabeza, como el eco de un martillo que golpea contra un yunque.

El olor a sangre le inunda cada poro de su cuerpo, y por unos segundos parece que estuviera de nuevo vivo. Su sangre.

Aún con el olor del alcohol etílico, flotando en el aire, hiriéndole la nariz, trepanándole el cráneo tratando de borrar hasta el último recuerdo de su olor.

Es difícil. Mucho más difícil de lo que parece, incluso. Más de lo que cualquier podría llegar a pensar. A Edward le duele más, y le cuesta más. Edward es más joven y queda claro que se contiene con una fuerza de voluntad que es francamente sorprendente. Pero a él también le duele, y le es difícil.

Le es difícil no tirársele encima a Bella y probar si su sangre sabe tan dulce como huele, besarle hasta que se le cansen los labios y hundir sus dedos en la larga cabellera castaña. Sabe que jamás será capaz de hacerlo, porque su lealtad a su familia es superior a su ego y a sus propios deseos. Aunque los músculos le duelan y el corazón que no palpita se le encoja, no lo hará.

Sube a la habitación de Edward y lo ve, mirando al techo con la mirada perdida y la expresión como seria.

-No sabes lo difícil que es, Carlisle, no sabes lo que me cuesta…- dice y su voz se quiebra. Si fuera mortal lloraría, Carlisle esta seguro de eso. También sabe lo difícil que es, porque él no solo se enfrenta a que su sangre “cante para él” si no, además de que su corazón le pertenece a otro que resulta ser, además, su hijo adoptivo.

-No, no lo sé…- miente Carlisle y se sienta a su lado palmeándole el hombro. Es mejor que no lo sepa.

lunes, 16 de marzo de 2009

Un grito y un portazo

Fandom: Crepúsculo

Sumario: Cuando uno es joven y feliz, cree que el amor alcanza, que es motivo y razón suficiente para adaptarse a cualquier cosa. Pero nunca lo es, y Reneé lo sabe bien.

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Fue una tarde cualquiera. Fue notar que Charlie engordaba y que ella misma comenzaba a hacerlo. Fue sentir que había alcanzado la cima antes de lo previsto, que la vida no le deparaba nada más. Fue comprender que ni gritar ni llorar surtía efecto cuando se luchaba contra el tiempo, que los años eran años y que jamás podía volverse atrás. Fue la rutina. Fue cuando ya el sacrificio parecía absurdo y la lluvia constante no era una molestia sino un padecimiento insoportable. Fue la sensación de agobio, de encierro, el repentino odio a esa pistola en el perchero, a las nubes cargadas y a la comida congelada. Porque cuando uno es joven y feliz cree que el amor alcanza, que es motivo y razón suficiente para adaptarse a cualquier cosa. Pero nunca lo es, y eso era tan cierto y tan real como las maletas perfectamente acomodadas y las lágrimas en su rostro. Fue un arrebato de valor, fue creer que ellas dos, juntas, podían. Fue mirar a Bella y sentir que también merecía esa libertad que Forks no podía dar. Fue un ahora o nunca. Fue un grito y un portazo. Fue un adiós y un hasta siempre.

Contrarreloj

Fandom: Crepúsculo

Sumario: Cinco minutos es todo lo que les queda si desean desaparecer antes de que alguien se percate de que una clase entera ha dejado de respirar ::Un giro a la historia::

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Emmett lo hubiese sabido aún si Alice no hubiera aparecido en su clase de español con el rostro más blanco que el papel. Tenía un presentimiento, y definitivamente no podía juzgarlo, ¿quién no tenía un desliz? Él entendía a la perfección lo que sucedía con Edward, y nadie merecía pasar por esa abstinencia insana a la que sabía, se estaba enfrentando. Ridículo y sádico; por mucho, más enfermo que la simple muerte de esa humana. Carlisle exageraba.

—Disculpe, profesora, ¿podría retirarme? Mi hermana no se encuentra muy bien —Emmett se vio obligado a interferir en el silencioso intercambio de miradas cuando pasaron demasiados segundos –incluso para que los humanos notasen algo extraño- y Alice no daba señales de poder expresar algo más que esa perplejidad incomoda. La profesora no tardó en asentir y Emmett, cogiendo a Alice del codo, salió del aula lo más lento que las ansias le permitieron.

Tres palabras confirmaron sus sospechas, aunque no habría sido realmente necesario. Debían reunir a Jasper y a Rosalie en menos de cinco minutos. Sonaría el timbre y alguien no tardaría en encontrar la clase de biología especialmente silenciosa, con veinte muertos, diecinueve de ellos perfectamente acomodados, y un único estudiante, aparentemente vivo, sentado en un rincón en posición fetal. Sus ojos demasiado rojos como para sostenerle la mirada y no chillar o fracasar en un intento de huida; el veneno a flor de piel, el instinto dominándolo todo y los sentidos lo suficientemente alertas como para comenzar a contar los segundo que le restaban de vida a cualquier humano, apetecible o no, que caminase a su alrededor.

No había ni vidas ni historias para él, ahora no había futuros ni parientes, no había nada más que comida y tenían que alejarse de ese lugar lo más rápido posible. Antes de que alguien sospeche y, sobre todo, antes de que veinte se vuelvan cientos y de que ellos mismos tuviesen que interferir por la propia preservación del status quo. Lidiar con un Vulturi enfurecido no estaba en los planes de ninguno.

Cinco minutos, si se desplazaban rápidamente, deberían ser más que suficientes como para alejarse unos cuántos kilómetros de Forks. Ya no había caso en pretender y podían permitirse cierta exposición: caminar a una velocidad humanamente aceptable había pasado a segundo plano.

En instantes ya tenían a Jasper y a Rosalie correteando a su lado. El primero, en completo silencio, evidentemente consternado por las circunstancias y el olor a sangre fresca. La segunda, despotricando a diestra y siniestra. Sin embargo, cualquier tipo de sentimiento quedó en el olvido para los cuatro Cullen ante la imagen de Edward, sumergido en una especie de trance y ovillado en un rincón, con un cuerpo sepultado bajo su peso. Demasiado surreal, ¿cuándo las cosas habían tomado ese rumbo? Costaba creer que los restos de esa humana insignificante que yacía en brazos de su hermano fuesen la prueba tangible del giro que habían tomado las circunstancias y la vida de la que tanto se enorgullecían.

Tardaron quizás un minuto más de lo programado en levantar a Edward del suelo y cargarlo hacia la casa. Dejaron los autos en el estacionamiento, no había tiempo de deshacerse de la evidencia, solo les quedaba correr. Por suerte eran buenos en eso. Una vez allí, los cinco entraron a toda velocidad.

—Esme, ve por Carlisle, nos vamos.

—¿Qué pasó?

Emmett observó a Edward, centímetros más atrás, con los ojos bañados en sangre y el cuerpo ligeramente tembloroso.

—Pasó que Edward se empachó de adolescentes —concluyó. Y fue suficiente, Esme había salido disparada hacia el hospital. Alice miró su reloj: tres minutos. Lo harían a tiempo.

Morfina

Fandom: Crepúsculo

Sumario: La partida de Edward resultó ser un gran golpe para Bella. El dolor es insoportable, pero el filo de una navaja contra sus venas podría apaciguarlo, al menos temporalmente.

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Con el rostro inexpresivo, miró la navaja asida firmemente entre sus dedos. Como si se tratase de alguna especie de juego macabro, acercó la afilada hoja a la blanquecina piel de su muñeca. Se estremeció al entrar en contacto con la fría superficie del acero que reposaba sobre sus venas. Aunque, ciertamente, el frío era lo que menos le importaba en esos momentos.

Sin una pizca de vacilación, presionó el cuchillo contra la carne. Un corte superficial, nada demasiado preocupante. Instantáneamente, borbotones de sangre comenzaron a manar directamente desde la herida. Listo, ya estaba hecho. Ahora tan sólo era mera cuestión de tiempo.

“Ni se te ocurra volver a hacer una estupidez como esa, Bella.”

Y Bella sonrió. Ahí estaba lo que tanto había estado esperando: la voz aterciopelada de Edward trabajando como morfina para apaciguar temporalmente el intenso dolor nacido de su ausencia. La confortable ilusión que aún la mantenía con vida.

Cuidadosamente cubrió la herida con un par de vendas, limpió la navaja y la guardó dentro de la gaveta de su mesita de luz, en un rincón escondido. Probablemente la necesitaría mas tarde, cuando la sensación de vacío y el dolor de la pérdida se hiciera insoportable de nuevo y necesitase cerciorarse que Edward Cullen era real, no solo un maravilloso sueño.

El peor de los errores

Fandom: Crepúsculo

Sumario: Jasper cometió un error, un error que lo perseguirá por el resto de sus días. Tiene que escapar, aunque con ése escape pierda todo lo que le importa…

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Sabía que era un depredador, siempre lo supo. Por cada parte de su cuerpo, corría una sed de venganza difícil de controlar, pero nunca, en toda no existencia, creyó que sería capaz de hacer algo así y sin ningún tipo de remordimiento.

Todavía podía sentir la sangre en su boca, bajando por su garganta y llenando cada parte de su cuerpo y –aunque no quisiera- eso lo llenaba de un regocijo que pocas veces había experimentado.

Su familia lo odiaría. Edward, lo odiaría y seguramente lo mataría, pero no le importaba en esos momentos. Desde la vez que olió su sangre, el día de su cumpleaños, supo que tarde o temprano no podría reprimir sus instintos. Bella… la sangre de Bella, le pertenecía y él haría hasta lo imposible por beberla.

Siempre podía echarle la culpa al perro ése. Esa era la idea que rondaba por su cabeza el los últimos minutos, exactamente desde que había matado a esa dulce e inocente muchacha. Pero ¿quién, en su sano juicio, creería que el asqueroso perro podría hacer algo así? No, se notaba a lo lejos que fue hecho por un vampiro, por él.

Golpeó la pared con fuerza, de alguna manera tenía que sacar lo que sentía. Maldita fuera su suerte y ése jodido don de manejar las emociones. Si se le ocurría dejar salir alguna de las emociones que lo embargaban, corría el riesgo no sólo de que Edwad lo matara, sino que lo destrozara él y toda su familia, sin contar a Charlie Swan.

Miró el cuerpo de la muchacha e inconscientemente se relamió los labios. Todo en él gritaba que era un monstruo despiadado que no merecía la familia que tenía, que no merecía a Alice y que les había fallado a todos de la peor manera. Debía irse, no podía quedarse allí. Sí, estaba siendo un cobarde, pero prefería eso a ver la decepción y el odio en las caras que tanto quería. No, no era su consciencia, ni presuntos sentimientos de culpabilidad, los que provocaban esa contradicción, era simple supervivencia, puro sentido común. Y lo peor de todo es que volvería a hacerlo, una y mil veces.

Abrió la puerta y el viento helado logró que su cuerpo se estremeciera por unos cuantos segundos. ¿A dónde podía ir? Tenía claro que no era la mejor opción permanecer allí, pero se sentía completamente perdido en relación a qué lugar, de los que tenía pensado, sería el mejor.

Aún no se atrevía a salir del todo de la casa de los Cullen –se negaba a seguir pensando en ellos como la familia que alguna vez tuvo-. Eran demasiados los recuerdos, demasiados sentimientos que no podía, no quería, dejar atrás…

Respiró hondo, aunque no lo necesitara, y salió de la casa. Su destino era incierto, pero sabía que estaría mucho mejor en algún lugar de la nada, ojalá con océano de por medio. Sus pasos –contrario a lo que se podía pensar- eran lentos; la lucha interna continuaba y no le daba tregua alguna.

Cómo le gustaría pedirle perdón a su hermano, decirle que el instinto lo dominó y que no pudo evitarlo. Pero era inútil, Edward la amaba y no escucharía razones. ¡Santo cielo! Jasper en su lugar haría lo mismo; si Alice, su dulce Alice, fuera humana y terminara muerta por la sed de sangre de alguno de sus hermanos, lo torturaría hasta que suplicara la muerte.

Sus pasos se volvieron más ligeros y rápidos, y comenzó a correr. Era un cobarde y lo sabía; la huída era mucho mejor que ver la decepción en los ojos de Carlisle, de Esme, de Alice. No, no soportaría mirarla a los ojos y ver el desprecio o el odio en ella, en ellos.

Era irónico que justo en esos momentos, mientras corría con una velocidad mayor a la que utilizaba normalmente, llegara a su cabeza la melodía que siempre cantaba Edward para hacer que Bella durmiera. Sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a tararearla, quizás en busca de consuelo, quizás cómo un recuerdo de lo que estaba perdiendo, un recuerdo de lo que jamás volvería a tener. Lo que Jasper no sabía es que esa nana sonaría para siempre en su cabeza, incansable, acompañada de las imágenes del cabello esparcido por el suelo, con los últimos vestigios de un brillo dolorosamente perecedero.